Las cadenas agroindustriales volvieron a mostrar durante el primer semestre de 2026 por qué ocupan un lugar central en la generación de divisas de la Argentina. Según el nuevo Monitor de Exportaciones Agroindustriales de la Fundación Agropecuaria para el Desarrollo de Argentina (FADA), el complejo agroindustrial explicó el 57% de las exportaciones totales del país entre enero y junio y registró un crecimiento de 18% respecto del mismo período de 2025.

El dato adquiere mayor relevancia porque no se trata solamente de una medición sobre los dólares que ingresan por las ventas externas. El informe analiza 20 complejos productivos a través de 10 indicadores, entre ellos el valor exportado, los volúmenes comercializados, la cantidad de destinos, la participación de cada producto en el mercado mundial y la posición de la Argentina frente a sus principales competidores.

El punto que concentra una de las principales conclusiones del informe aparece cuando FADA proyecta qué podría suceder si se eliminan los derechos de exportación.

Según las estimaciones de la Fundación, las cadenas agroindustriales tendrían capacidad para generar unos U$S25.800 millones adicionales en exportaciones y crear más de medio millón de puestos de trabajo si dejaran de pagar derechos de exportación.

La conclusión que plantea FADA es que el país cuenta con una base exportadora consolidada, pero todavía existe margen para ampliar la producción y ganar participación internacional. La discusión sobre las condiciones necesarias para alcanzar ese objetivo vuelve a colocar a los derechos de exportación en el centro de la agenda.

“Argentina ya tiene productos que el mundo compra y cadenas que saben exportar. Si se generan mejores condiciones para producir e invertir, existe una oportunidad concreta de ampliar ese volumen y generar más divisas y empleo”, señaló a EL DÍA Fiorella Savarino, economista de FADA.

El planteo de la especialista parte de una realidad concreta: la agroindustria ya tiene mercados, infraestructura productiva y empresas con experiencia exportadora. El desafío, que FADA vincula con las condiciones económicas, pasa por lograr que una mayor parte de ese potencial se transforme en producción y ventas al exterior.

El Monitor muestra, además, que no se trata de un fenómeno concentrado exclusivamente en los grandes cultivos tradicionales. Soja, maíz y carne vacuna mantienen un peso determinante, pero otros productos consiguieron avances importantes en el comercio internacional y, en algunos casos, alcanzaron posiciones de liderazgo.

Girasol, la mayor sorpresa

Uno de los datos más destacados del informe es el desempeño del complejo girasolero. Durante el primer semestre, fue la cadena agroindustrial que registró el mayor crecimiento, con una expansión del 129% respecto de la medición anterior.

El salto se reflejó tanto en las toneladas comercializadas como en los dólares generados por las exportaciones. Pero el resultado no quedó limitado a la evolución de las ventas argentinas: también permitió mejorar la posición del país en el mercado mundial.

El aceite de girasol pasó del cuarto al tercer puesto entre los principales exportadores mundiales. El avance resulta relevante porque implica que la Argentina no solo incrementó sus ventas, sino que también ganó espacio frente a otros países productores.

La yerba mate aportó otra de las novedades del relevamiento. La Argentina pasó del segundo al primer lugar entre los principales exportadores mundiales. El producto, fuertemente asociado a la identidad y al consumo local, consiguió así convertirse en el principal exportado a nivel global dentro de su categoría.

La mejora de posiciones se repitió en varias cadenas. La cebada avanzó del sexto al tercer puesto, los porotos pasaron del quinto al tercero, el poroto de soja también subió del quinto al tercer lugar y el trigo avanzó desde la séptima hasta la quinta posición.

En el caso de la harina de soja, la Argentina conserva el primer lugar mundial. También ocupa el primer puesto en exportaciones de aceite de soja. En poroto de soja, en tanto, se ubica tercera.

“Detrás de estos números hay productores y trabajadores de distintas regiones, pero también transporte, industria, logística, servicios y tecnología. Cada mercado que se abre genera oportunidades para toda la cadena”, explicó Savarino.

La definición apunta a uno de los efectos menos visibles de las exportaciones agroindustriales. Los dólares que ingresan por una tonelada de soja, maíz, trigo, girasol o carne no corresponden exclusivamente al productor. A lo largo de la cadena aparecen contratistas, proveedores de insumos, transportistas, acopios, industrias, puertos, servicios financieros, profesionales y empresas de tecnología.

La soja, el principal generador

A pesar del avance de otros complejos, la soja continúa como el principal generador de divisas dentro de la agroindustria. Durante el primer semestre aportó más de U$S9.000 millones y sus productos llegaron a más de 55 países.

La Argentina conserva una posición dominante en algunos de los principales derivados de la oleaginosa.

Es el primer exportador mundial de aceite y harina de soja y ocupa el tercer lugar en el comercio internacional de poroto de soja.

La relevancia de esta cadena no se limita al volumen de dólares que aporta. También concentra una extensa red industrial y logística, desde la producción primaria hasta las plantas de procesamiento y los puertos de la zona del Gran Rosario. El maíz también mantuvo un papel central. Entre enero y junio generó alrededor de U$S4.200 millones, un 7% más que en el primer semestre de 2025, y alcanzó más de 70 destinos.

Argentina ocupa el tercer lugar entre los exportadores mundiales de maíz y explica alrededor del 14% del cereal que se comercializa a nivel internacional.

El dato tiene especial importancia para las zonas productivas de la región pampeana, donde la actividad maicera genera movimiento en una extensa red de proveedores y servicios. Cada campaña demanda semillas, fertilizantes, maquinaria, transporte, almacenamiento y servicios profesionales, además de utilizar una infraestructura portuaria y logística que tiene como destino final los mercados externos.

La carne vacuna también mostró una mejora significativa. Según el Monitor de FADA, las exportaciones aumentaron 37% en dólares durante los primeros seis meses del año respecto del mismo período de 2025 y alcanzaron más de 50 países.

La Argentina conserva, de todos modos, una característica particular: el mercado interno continúa como el principal destino de la producción. Aproximadamente el 73% de la carne vacuna producida queda en el país, mientras que el 27% se exporta.

La cantidad de mercados a los que llegan los productos agroindustriales constituye otra de las fortalezas identificadas por FADA. Los derivados de la uva alcanzan 84 países, el maíz supera los 70 destinos y los productos pesqueros llegan a 67 mercados.

La diversificación geográfica reduce la dependencia de un comprador específico y permite que las cadenas puedan compensar eventuales caídas de demanda en determinados mercados con mayores ventas en otros.

El punto que concentra una de las principales conclusiones del informe aparece cuando FADA proyecta qué podría suceder si se eliminan los derechos de exportación.

Según las estimaciones de la Fundación, las cadenas agroindustriales tendrían capacidad para generar unos U$S 25.800 millones adicionales en exportaciones y crear más de medio millón de puestos de trabajo si dejaran de pagar derechos de exportación.

La estimación se basa en un escenario de expansión significativa de la producción agrícola. FADA toma como referencia un promedio de alrededor de 126 millones de toneladas producido durante las últimas cinco campañas y calcula que, bajo mejores condiciones de rentabilidad, la producción podría alcanzar 196,5 millones de toneladas.

La diferencia equivale a unas 70,5 millones de toneladas adicionales.

No todo ese volumen tendría necesariamente como destino el mercado externo. Una parte podría exportarse como grano y otra podría procesarse dentro de la Argentina para generar productos con mayor grado de elaboración y valor agregado.

Ese punto resulta central para la discusión sobre las retenciones. La hipótesis de FADA no plantea únicamente que una menor carga tributaria aumentaría el ingreso disponible para productores. La Fundación proyecta que una mejora de la rentabilidad podría traducirse en más producción, más inversión, mayor actividad en las cadenas asociadas y un incremento de las exportaciones.

Por esa vía, el efecto también alcanzaría al empleo.

El cálculo de más de medio millón de puestos de trabajo contempla el impacto sobre las distintas actividades vinculadas con el crecimiento de la producción y las exportaciones. La expansión de una cosecha no demanda solamente más trabajadores en el campo: también incrementa la necesidad de transporte, almacenamiento, procesamiento industrial, servicios profesionales, mantenimiento, maquinaria, logística y actividad portuaria.

La dimensión de la oportunidad que plantea FADA se observa también en la comparación con otros sectores que aparecen como grandes generadores potenciales de divisas. Los U$S 25.800 millones adicionales que la agroindustria podría aportar en ese escenario representan una magnitud comparable con las proyecciones de generación de dólares asociadas a Vaca Muerta y otros proyectos energéticos.

“Por eso, tener más sectores capaces de exportar es una ventaja. El crecimiento de combustibles y energía suma una nueva fuente de dólares, mientras la agroindustria mantiene una participación del 57% del total exportado y demuestra que todavía existe margen para crecer”, sostuvo Savarino.

La definición marca una cuestión relevante para la economía argentina. La aparición de nuevos motores de exportación, como energía y minería, no necesariamente reduce la importancia del campo. Por el contrario, amplía la cantidad de sectores capaces de generar divisas y puede reducir la dependencia de una única fuente de dólares.

El Monitor de FADA plantea así una doble fotografía. Por un lado, muestra una agroindustria que ya tiene una participación dominante en el comercio exterior argentino. El 57% del total exportado durante el primer semestre confirma ese peso.

Por otro lado, muestra que varias cadenas todavía tienen capacidad para aumentar su producción y mejorar su posición internacional. El avance del girasol, la yerba mate, la cebada, los porotos y el trigo demuestra que la inserción internacional argentina no se limita a los productos tradicionales.

La mejora en los rankings también resulta relevante porque muestra que el país puede ganar participación sin depender exclusivamente de un aumento de los precios internacionales. Subir posiciones entre los mayores exportadores implica incrementar volúmenes, consolidar mercados o mejorar la competitividad frente a otros países.

El caso del girasol sintetiza esa posibilidad. En apenas un año, el complejo registró una expansión del 129% y el aceite consiguió avanzar del cuarto al tercer puesto mundial. La yerba mate, por su parte, alcanzó el primer lugar entre los exportadores.

La soja y el maíz, en tanto, continúan como los grandes pilares por su volumen y capacidad de generación de divisas. La carne aporta una tercera pata relevante y suma una red de mercados que supera los 50 destinos.

El desafío para la Argentina pasa ahora por convertir esa capacidad exportadora en una plataforma de crecimiento más amplia. Para FADA, las condiciones de producción, la rentabilidad y la inversión son variables centrales para determinar cuánto de ese potencial puede transformarse en nuevas toneladas, más industrialización y mayores ventas externas.

En un país con una demanda permanente de divisas, el dato adquiere especial importancia. El agro y la agroindustria ya aportan más de la mitad de las exportaciones, pero el Monitor sostiene que todavía existe espacio para incrementar ese aporte.

La discusión sobre los derechos de exportación se inscribe dentro de ese escenario. FADA calcula que su eliminación podría generar U$S 25.800 millones adicionales y más de 500.000 empleos, a partir de un aumento de la producción de granos hasta 196,5 millones de toneladas.

La cifra no representa una proyección automática ni un resultado garantizado, sino un escenario potencial elaborado por la Fundación a partir de una mayor producción y mejores condiciones económicas para las cadenas agroindustriales. Su importancia reside en ponerle números a una discusión que suele quedar limitada a la disputa fiscal entre el Estado y el sector privado.

Mientras tanto, los datos efectivos del primer semestre muestran que la agroindustria ya ocupa un lugar central en la generación de divisas. Más de la mitad de las exportaciones argentinas provino de esas cadenas y varias de ellas mejoraron su posición en el comercio mundial.

Para Savarino, ese es precisamente uno de los principales activos que tiene el país: “Argentina ya tiene productos que el mundo compra y cadenas que saben exportar”. El desafío consiste en transformar esa ventaja en mayor producción, más mercados, más valor agregado y empleo.

Con nuevos sectores exportadores en energía y minería y con una agroindustria que todavía conserva capacidad para aumentar sus volúmenes, la Argentina cuenta con una oferta de bienes exportables más diversificada que años atrás. La cuestión central pasa por generar las condiciones para que esa oferta pueda crecer y convertirse en un flujo mayor y más estable de dólares para la economía.

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