
Sor Lucía Caram es una monja dominica, argentina, nacida en la provincia de Tucumán y radicada en Cataluña desde hace más de 30 años. Se volvió popular a través de la redes y la televisión por su estilo frontal y su locuacidad. También por su incansable trabajo social en diferentes proyectos, casi siempre dirigidos a los sectores más necesitados de la sociedad.
La religiosa argentina tiene 59 años y el 21 de octubre cumplirá 60. Concedió una entrevista a La Vanguardia y, consultada acerca de cómo se ve la vida en los umbrales de los 60, respondió: “Me impresiona el cambio de década, pero es un regalo poder llegar descubriendo que posiblemente estoy en el mejor momento de mi vida. Tengo salud, tengo fuerza y tengo proyectos que me animan. Cuando eres joven, piensas que puedes cambiar el mundo y que tienes fuerzas para hacerlo, y hoy, darte cuenta de que no puedes cambiar el mundo, pero que la parcela que tienes es el compromiso hasta el final, te llena la vida. Estoy en un muy buen momento”.
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Subrayó así el hecho de tener una misión en la vida, y en especial una que lleva a darse a los demás. En la citada entrevista, Sor Lucía explicó luego cuáles cree que son las claves de la vitalidad de que goza. “Tengo la suerte de vivir en comunidad —dice—, de levantarme temprano, tener un tiempo de silencio y empezar después mi frenética jornada. Lo que me da energía es el hecho de vivir con pasión los compromisos con las personas. No puedo salvar el mundo, pero si dejo de hacer determinadas cosas, hay gente que se queda por el camino”.
Una vida con propósito, de principio a fin. El otro motor, agrega, es el amor. “Cuando veo madres que tienen hijos enfermos, por ejemplo, me pregunto de dónde sacan fuerza, y es del amor, de la pasión para que el otro esté bien. Esta es también mi fuerza. Mi vida son vidas y mi fuerza viene de las vidas que estoy compartiendo”, sostiene.
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La vocación religiosa y de servicio a los demás se le manifestó a Sor Lucía desde muy joven. Nació en el seno de una familia de origen libanés. Fue la quinta de siete hermanos. Los Caram Padilla tenían un buen pasar, pero ella fue siempre consciente y sensible a las grandes desigualdades sociales en su provincia y al sufrimiento de la gente.
Llegó a España a mediados de los 90 y desde entonces reside Barcelona, en el Convento de Santa Clara de Manresa, de la comunidad dominica a la cual pertenece.
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Desde la Fundación del Convento de Santa Clara de Manresa formó una red de ayuda para miles de familias necesitadas. La fundación gestiona un banco de alimentos, programas de vivienda social, bolsas de trabajo y otro tipo de ayudas.
Algunos de los proyectos que desarrolla conciernen a las personas mayores, por eso en la entrevista le preguntan qué aprende de ellos. Su respuesta, referida a España, bien podría aplicarse a nuestro país: “Lo primero que veo es que muchas veces se dice que las entidades sociales hemos evitado una fractura social y no es verdad. No somos nosotros, es nuestra gente mayor, los sabios que hoy podrían estar disfrutando de una jubilación y de una tranquilidad, pero que tienen que continuar sosteniendo la familia, ser los canguros de los nietos y mantener la economía familiar con la miseria de pensiones que tienen”, dice. Por ello concluye que “lo que más se aprende de la gente mayor es el amor totalmente gratuito porque están acostumbrados a pensar siempre en los otros”.
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También recuerda que, durante la pandemia, cuando “de golpe nos dejaron tantas personas mayores sin poderse ni despedir, todo el mundo dijo que teníamos que valorarlos, pero la pandemia ha pasado y les hemos vuelto a olvidar”.

“No los escuchamos —insiste—, pero continúan siendo el comodín de las familias. Aman sin esperar nada a cambio y, en un mundo en que todo parece que tiene precio, tenemos que recuperar este amor gratuito. Aquí, en la comunidad, siempre pienso que las hermanas mayores son las personas de las que más he aprendido”.
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En cambio, no tiene una imagen tan optimista de las nuevas generaciones: “Los jóvenes son fantásticos, sí, pero hoy no hay compromiso y me preocupa mucho que no lo quieran ni en el trabajo. Es otro estilo, otra forma”. Parte de la responsabilidad la atribuye a la virtualidad: “Están acostumbrados a la rapidez y la inmediatez, y esto tiene mucho que ver con el tema de las pantallas, que de alguna manera ha congelado la afectividad y la empatía. Pueden estar horas pasando el dedo sin escuchar ni ver a los que tienen a su lado. Las relaciones virtuales les han alejado del corazón de las personas y les han hecho más fríos, indiferentes”.
Cuando le recuerdan que ella también está muy presente en redes, responde: “Estoy presente en las redes para poder hacer que recuerden la realidad en la que estamos viviendo, pero soy muy crítica, sobre todo con los influencers católicos, que intentan ser positivos diciéndote: ‘Conseguirás todo lo que quieras y Dios llenará tus caminos y tu corazón’. Escúcheme, esto va de compromiso, no de palabras. Dan un mensaje fácil, pero que tampoco es real. ‘Conseguirás todo lo que quieras, todo lo que te propongas’. ¡O no! Lo importante es ponerse derecho, trabajar y luchar.”
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También se mostró preocupada por la educación, por la tendencia actual a darle todo a los hijos, pero sobre todo en el plano de las cosas: “Hoy se intenta darlo todo a los hijos… ¡Pero todo lo que es material! A veces tienen que salir de su espacio de confort, tener un contacto con la realidad porque esto también les ayuda a madurar. Tenemos un reto muy grande y es cómo humanizamos a las generaciones que vienen.”
A Sor Lucía le alarma con razón que haya un número creciente de gente joven que piensa en la eutanasia: “Un grupo de psiquiatras ha coincidido en la gran cantidad de jóvenes que están tendiendo hacia la eutanasia como solución. Hay algo enfermo en la sociedad, y en el fondo es una carencia de afectividad, de proximidad, de sentimiento. La pantalla no les hace sentir amados. Les hace sentir colegas, pero no amados”.
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También cuestiona ciertas corrientes espirituales modernas que promueven el individualismo: “La fe es exigente, es no huir de la realidad. No entiendo todos estos nuevos movimientos de gente que vive la espiritualidad sin compromiso. El compromiso te obliga a tomar partido por los más vulnerables, por las víctimas de la injusticia. La fe no puede ser cómoda. En estos nuevos movimientos que surgen, hay mucho fervor, pero muy poco compromiso. Es una generación que busca el like, cuando lo que hay que conseguir es el clic, que la gente haga un cambio.”
Otro rol de esta monja incansable es la comunicación. Hoy es una de las caras más populares de España y tal vez la religiosa más mediática. Se volvió panelista (en España, tertuliana) de varios programas de televisión, en los que además de difundir su mensaje de fe y solidaridad, no elude la polémica política.
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Por caso, con el mismo estilo frontal y el lenguaje callejero con los que fustigaba a los políticos, tanto de España como de la Argentina, y que la volvieron popular en ambos países, Lucía Caram defendió a capa y espada al Papa argentino: “Francisco te banco a muerte”, decía por ejemplo en un video en el que en el 2022 cuestionaba a “los políticos que han fracasado en frenar guerras” pero “pretenden dar lecciones al Papa”.
Precisamente, la guerra de Ucrania implicó una nueva misión para Sor Lucía. Desde entonces realiza viajes humanitarios a ese país para evacuar heridos, huérfanos de guerra y familias enteras; todos ellos son acogidos en España como refugiados o para tratamientos en hospitales.

Hace unos meses, The Objective contaba que Sor Lucia había viajado ella misma “en repetidas ocasiones en furgoneta hasta la frontera y al interior de Ucrania”, para realizar estos traslados, y que había “conseguido y transportado ayuda militar sanitaria y ambulancias blindadas, reuniéndose directamente con autoridades ucranianas y visitando hospitales de campaña en zonas de conflicto”.
Actualmente, una de sus principales actividades es la búsqueda de fondos para solventar todos estos programas, por lo que dedica buena parte de su tiempo a reuniones con empresarios, políticos y otros eventuales donantes. “Ella misma ha bromeado a veces diciendo que pasa más tiempo al teléfono y en los despachos mendigando para los pobres que en la capilla”, dice The Objective.
Como si todo lo anterior no bastara, también escribe libros, tiene un canal de cocina y es muy activa en redes. Casi a diario, graba mensajes de fe. Como éste: “Si tu hermano te ofende, Jesús no dice ‘cancélalo’, dice ‘vé y habla con él’”.
Las reflexiones diarias de Sor Lucía Caram
Finalmente, le preguntan en la entrevista de La Vanguardia si en sus momentos de silencio piensa en la muerte: “No, no pienso mucho en ella. En este valle de lágrimas estoy muy bien y no quiero irme, pero no tengo miedo a la muerte. Posiblemente porque tengo la certeza de que el amor no puede morir nunca. ¿Hay vida después? Si he amado, este amor no desaparecerá. No sé cómo, pero no desaparecerá. Creo que de alguna manera las personas que he amado y que me han amado están vivas”.
Y este comentario, la lleva a recordar a Jorge Bergoglio, el pontífice argentino, de quien fue muy cercana: “Dos meses antes de morir, el Papa Francisco, que para mí era mi padre y mi amigo, me dijo: ‘Lucía, te prometo que te ayudaré siempre’. Y yo siento que está vivo. ¿Cómo? No lo sé, no tengo ni idea. Pero lo siento, hablo con él, me enfado con él. La fe no es la prueba de lo que no vemos, es la certeza de lo que intuimos."
