
Martín Ezequiel Álvarez Giaccio tenía 44 años, era economista y había emigrado a España en la década del 90. En Barcelona había construido una vida estable. Trabajaba en el banco La Caixa y compartía su vida con una mujer de origen francés, que también se desempeñaba en la misma entidad.
Vivían juntos en el barrio de Sants y tenían un hijo, de 2 años y 9 meses. Leo iba a la guardería y, como cualquier chico de su edad, pasaba buena parte de sus tardes junto a sus padres. La vida familiar, al menos desde afuera, parecía transcurrir dentro de los parámetros de una familia común.
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No había denuncias previas por violencia contra Álvarez Giaccio. Tampoco se habían registrado conflictos graves que hicieran pensar que la separación, que ella le había planteado el 16 de agosto de 2021, podía terminar en una tragedia.
Ese día, la mujer le comunicó que quería ponerle punto final a la relación. Según reconstruyeron posteriormente los investigadores, la reacción de Álvarez Giaccio fue violenta. La discusión terminó con el hombre abandonando el departamento.
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Antes de irse, dejó una frase que después adquiriría una dimensión escalofriante: “De esto te vas arrepentir”.
Durante los días siguientes, la relación entre ambos siguió siendo tensa. Él quería mantener el contacto frecuente con su hijo y continuar viéndolo prácticamente todos los días. La madre aceptó. No había, aparentemente, motivos para impedir que el niño estuviera con su padre.
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Ese dato sería determinante.
El 22 de agosto, Álvarez Giaccio llamó a su expareja y le dijo que quería pasar a buscar a Leo el 24. Para ello, reservó una habitación en el Hotel Concordia, ubicado sobre la avenida Paralelo, en la zona de Montjuïc, para solo una noche: la del 24.
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El detalle que después llamó la atención de los investigadores fue que el hotel no era un lugar cualquiera para aquella pareja. Allí habían celebrado su casamiento y su noche de bodas. Álvarez Giaccio había elegido ese escenario para perpetrar el crimen de su hijo.
La habitación reservada era la 704, en el séptimo piso. El pago tampoco dejó un registro convencional de tarjeta de crédito. Álvarez Giaccio utilizó una aplicación de promociones y descuentos para obtener la habitación. Todo parecía indicar que había preparado el escenario con anticipación.
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La mañana del 24 de agosto, el argentino pasó a buscar a Leo por la casa donde hasta hacía pocos días había vivido con su madre. Le dijo a la mujer que llevaría al niño a la plaza. Pero no fue a ninguna plaza. Padre e hijo llegaron cerca del mediodía al hotel.
La escena parecía completamente normal. Un padre recién separado pasa a buscar a su hijo de dos años. Lo lleva a un hotel. Juegan en la pileta. Se ríen. Otros huéspedes los ven. El hombre, incluso, filma al pequeño con su teléfono celular y le pide que mire a cámara. Nada, durante esas horas, hace pensar en lo que sucedería después.
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Una de las huéspedes que los vio ese día contó después: “Coincidimos ayer en la piscina con el padre y el niño. El padre le decía ‘Mira a mamá, dile que estás bien, que estás en la piscina’”.

La mujer recordó que el hombre había filmado dos veces al pequeño. En ese momento nadie podía imaginar que esas imágenes terminarían convertidas en uno de los últimos registros de Leo con vida.
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La tarde había transcurrido con aparente normalidad. Hasta que llegó la noche. Según la investigación, Álvarez Giaccio asesinó a su hijo mediante asfixia mecánica. La autopsia determinó que el padre utilizó una almohada del hotel.
Después del crimen, escondió el cuerpo debajo de la cama principal. Y entonces escribió el mensaje que cambiaría todo. “Te dejé en el hotel lo que merecés”.
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El mensaje estaba dirigido hacia su ex. Álvarez Giaccio había utilizado a su hijo como instrumento de venganza.
La mujer recibió los mensajes cerca de las 22. Hasta ese momento creía que su hijo estaba pasando la noche con su padre. La frase la hizo comprender que algo terrible podía haber ocurrido.
Se comunicó inmediatamente con los Mossos d’Esquadra, la policía catalana, y se dirigió al Hotel Concordia. Llegó poco después de las 23.
En el lobby pidió subir a la habitación 704, pero el empleado le explicó que no podía permitirle el acceso. Entonces mostró los mensajes. El empleado también llamó a la Policía.
Dos agentes de los Mossos llegaron al séptimo piso. Al ingresar a la habitación encontraron una ventana abierta. Durante los primeros segundos, incluso, pensaron que Álvarez Giaccio podía haber saltado con el niño. Pero rápidamente descubrieron el cuerpo de Leo debajo de la cama.
Los intentos de reanimación fueron inútiles. El niño estaba muerto y el padre había desaparecido.
Las cámaras de seguridad permitieron reconstruir parte de la fuga. Álvarez Giaccio salió de la habitación y comprobó primero que no hubiera nadie en el pasillo. Luego atravesó la zona de la pileta. Trepó una cerca y pasó hacia un edificio vecino. Desde allí consiguió alcanzar la calle. Apenas se incorporó, comenzó a correr.
El argentino llevaba la misma remera gris que aparecía en las imágenes del hotel. Después tomó un taxi. Le pidió al conductor que lo llevara al aeropuerto de Barcelona-El Prat.
Al llegar a la Terminal 1 le dijo que debía hacer un trámite y que regresaría en unos minutos. El taxista esperó aproximadamente 15 minutos. Nunca volvió.

Además, el conductor contó que el argentino había pagado con dinero en efectivo que llevaba dentro de un sobre y que allí había una importante cantidad de billetes.
Álvarez Giaccio ingresó a la terminal y desapareció. Al principio, la Policía sospechó que podría haber intentado abandonar España. Pero apareció un problema: no figuraba en ninguno de los vuelos.
La explicación llegó cuando revisaron otras cámaras de seguridad. El argentino había entrado al aeropuerto, pero también había salido. No había tomado ningún avión.
La hipótesis de los investigadores fue que aquella maniobra podría haber sido una distracción para hacer creer que había escapado del país.
Durante los primeros días también se analizó la posibilidad de que hubiera viajado a Argentina. Pero la investigación no encontró conexiones sólidas que indicaran que hubiera regresado al país. Su familia más cercana también residía en España.
Durante días, la Policía buscó al argentino. Su rostro apareció en los medios españoles. Se difundieron fotografías y distintos identikits con cambios en su apariencia: barba, bigote, gorra. Las hipótesis eran múltiples.

Podía haber escapado por tierra hacia otro país. Podía estar escondido en Cataluña. Podía contar con la ayuda de alguien. Incluso se comenzó a considerar la posibilidad de que se hubiera suicidado. Pasaron tres semanas.
Mientras la búsqueda continuaba, la madre de Leo publicó una carta. “Soy la madre de Leo, el niño que fue asesinado por su padre en el Hotel Concordia de Barcelona la noche del 24 de agosto de este 2021”, escribió. Y agregó: “Desde ese día he sentido un dolor extremadamente profundo, más de lo que cualquier persona pueda llegar a imaginar, además del trauma que he sufrido”.
La mujer también dejó una promesa: “No me rendiré hasta hacer justicia por y para mi hijo. Aguantaré hasta el final”. Pero el final de la búsqueda llegaría de otra manera.
El 15 de septiembre, casi un mes después del asesinato de Leo, el cuerpo de Álvarez apareció colgado de un árbol, en un bosque de las afueras de Barcelona. Estaba cerca de la zona donde se había perdido la señal de su teléfono celular.
Con este trágico resultado, también se extinguía la posibilidad de que enfrentara un juicio por el asesinato de su hijo. Con su muerte, la acción penal contra él quedaba extinguida.
Pero todavía quedaba una batalla. Una batalla que no era judicial, sino simbólica.

Leo había sido enterrado inicialmente con el apellido de su padre. La madre inició entonces una lucha para que el niño dejara de llevar el apellido del hombre que lo había asesinado.
El pedido no era sencillo. El cambio de apellido después de la muerte no estaba contemplado de la manera en que ella lo planteaba. Pero finalmente lo consiguió.
Leo pasó a llevar el apellido de su madre. Fue una modificación con un enorme peso simbólico: quitarle al niño el apellido del hombre que había convertido su muerte en un instrumento de venganza.
La historia de Leo se convirtió en uno de los casos más estremecedores de violencia vicaria registrados en España. Este tipo de violencia ocurre cuando un agresor utiliza a los hijos, familiares o seres queridos de una mujer como herramienta para causarle el mayor sufrimiento posible. El objetivo ya no es únicamente dañar a la pareja o expareja de manera directa, sino hacerlo a través de aquello que más ama.