El expresidente Boric anda en modo sinceramiento. Reconoce que en su gobierno no fueron “creíbles” en materia de seguridad pública, que no leyeron con la “ponderación adecuada” el cambio de escenario, que los retiros previsionales fueron “un gran error”, que abusaron de las acusaciones constitucionales y que a su gabinete le faltó equilibrio, experiencia y manejo de Estado.
Suponemos que sus palabras provienen de un profundo y sincero proceso de reflexión, el cual no podríamos más que agradecer. Porque todo acto de remordimiento merece ser valorado, pero adquiere profundidad en la medida en que contempla los tres elementos básicos del arrepentimiento, como son: reconocer el error, asumir la responsabilidad y tener la firme intención de cambiar de dirección.
En otras palabras, el mero reconocimiento de las faltas o errores es insuficiente cuando no viene acompañado de una intención de cambio, y es ahí donde el mensaje de Boric y de su sector se vuelve más confuso. Por lo pronto, las disculpas del exmandatario tienden a moverse en los márgenes (la falta de experiencia, una interpretación inadecuada del contexto, un mayor equilibrio político), pero dicen poco al ciudadano común que vivió el impacto de sus medidas, del retraso en los proyectos de inversión que podían generar el necesario empleo o del cierre de su local en Plaza Italia porque la violencia lo volvió insostenible.
Probablemente, tampoco son suficientes para aquellos que se sintieron afectados por esa suerte de moralismo de izquierda que predominó en las cabezas y en las actitudes de las recién asumidas autoridades de la administración Boric. “Nuestra escala de valores y principios en torno a la política no solo dista del gobierno anterior, sino que frente a una generación que nos antecedió”, decía el por entonces ministro Jackson. Eso le dolió a buena parte de la centroizquierda concertacionista, como también le dolieron al mundo privado esas reuniones con autoridades donde prácticamente no te saludaban porque, en sus cabezas, representabas al lado oscuro de la fuerza.
Pura desconfianza, superioridad moral y lógica de aplanadora.
Sume a lo anterior este mensaje de maduración que subyace en la autocrítica del expresidente y que, como comentamos en la columna del domingo pasado, se ha vuelto un mantra del frenteamplismo: somos un movimiento que evolucionó como consecuencia del aprendizaje (y no como resultado de una estrepitosa derrota constituyente).
Por supuesto que les faltaba experiencia cuando llegaron a La Moneda, el problema es que erraron en el espacio que eligieron para su aprendizaje. Gobernar no es tarea para alumnos en práctica, y de poco sirven al país los posteriores reconocimientos y mea culpas. Con un poco de experiencia en el “detestable” sector privado sabrían que los practicantes tienen con suerte dos meses para mostrar sus aptitudes y que esa peguita podría ser su mejor oportunidad para desarrollar una carrera laboral.
En definitiva, no resulta simple identificar con claridad la convicción profunda que motiva este reconocimiento de errores y, como decíamos, la real voluntad de cambio. ¿Estamos hablando de errores de forma, cuasi procedimentales (como la incorporación de personas de mayor experiencia en el gabinete), o de fondo (como sería la implementación de políticas equivocadas)?
En un asunto de tanta trascendencia, como es la aspiración de poder que motiva a todo movimiento político, la intención de cambio solo cobra relevancia cuando se dirige hacia cuestiones de fondo y, en este sentido, las conclusiones del congreso del Frente Amplio nos muestran otra cosa.
El llamado a la superación del capitalismo (sin una propuesta alternativa muy concreta), la desacreditación del sector privado, el paternalismo social: los resabios del primer texto constituyente perfuman ese documento como si el 62% de rechazo nunca hubiese existido. Y mientras el expresidente se golpea el pecho, Martínez defiende la obra del gobierno anterior y Yeomans llama a movilizarse frente al riesgo de perder los derechos introducidos con tanto éxito.
Muchas veces se comenta que los expresidentes son objetos incómodos, especialmente para su propio sector político. Pueden ser un referente y un agente aglutinador frente al riesgo de la dispersión posderrota electoral o pueden transmitir en una frecuencia que complica la estrategia opositora. ¿Cómo estarán procesando tanto mea culpa?
Volvemos, entonces, a la cuestión principal: ¿Qué motiva este arrepentimiento?
Aventuremos un par de opciones: 1) Estamos frente a un expresidente que, genuina y sinceramente, reconoce que cometió errores al mando del gobierno y dirigió al país con equipos y medidas inadecuados. ¿Deberíamos conmovernos y agradecer tanta sinceridad? 2) Estamos frente a un político que mantiene abierta la posibilidad de postularse nuevamente a la Primera Magistratura y pretende de esta forma ir sentando las bases de un renovado posicionamiento. ¿Le convence a usted tanto cambio?
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