
Una mujer de 30 años que no fumaba y hacía ejercicio debía cuidarse del cáncer de mama porque la enfermedad podía aparecer aun sin hábitos asociados con un mayor riesgo.
La detección oportuna dependía de la autoexploración mensual desde los 25 años, la revisión clínica anual desde los 35 y la valoración médica ante antecedentes familiares, cambios en la mama o factores reproductivos que hubieran elevado la probabilidad de padecerla.
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El ISSSTE describió el cáncer de mama como una tumoración maligna en la glándula mamaria. La institución informó que esta enfermedad se había convertido desde 2006 en la primera causa de muerte por neoplasia maligna entre las mujeres mexicanas mayores de 25 años.
En aquel registro se contabilizaron 4,400 defunciones y una tasa de mortalidad de 15.8 fallecimientos por cada 100,000 mujeres de ese grupo de edad. La cifra representó un aumento de 9.7% frente a los datos del año 2000.
No fumar y mantener actividad física habían formado parte de hábitos que podían contribuir al cuidado de la salud. Aun así, no habían eliminado la posibilidad de desarrollar cáncer de mama, pues el riesgo se había relacionado con una combinación de edad, antecedentes familiares, genética, historial reproductivo y exposición hormonal.
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Los Centers for Disease Control and Prevention señalaron que algunas mujeres habían recibido un diagnóstico sin presentar otro factor de riesgo conocido. Tener uno de esos factores tampoco había significado que la enfermedad fuera inevitable.

La mayoría de los casos se había detectado en mujeres de 50 años o más. Esa tendencia no había excluido a mujeres jóvenes, sobre todo cuando existían antecedentes familiares de cáncer de mama u ovario, mutaciones hereditarias o tratamientos previos con radioterapia en el pecho.
Las mutaciones en genes como BRCA1 y BRCA2 habían aumentado el riesgo de cáncer de mama y ovario. Las mujeres con familiares de primer grado, como madre, hermana o hija, que hubieran tenido cáncer de mama también habían requerido una valoración médica más cuidadosa.
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El antecedente de cáncer de mama en familiares hombres había sido otro elemento que debía revisarse. También se había considerado el diagnóstico de cáncer de ovario dentro de la familia y la edad temprana en que algún pariente hubiera desarrollado la enfermedad.
El ISSSTE incluyó entre los factores de riesgo el inicio de la menstruación antes de los 12 años, la ausencia de embarazo y lactancia, el primer embarazo después de los 30 años y la obesidad. Varios de esos factores no podían modificarse.
El CDC explicó que una menstruación temprana y una menopausia después de los 55 años habían expuesto al cuerpo a hormonas durante más tiempo. Esa exposición se había asociado con una mayor probabilidad de desarrollar cáncer de mama.
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Las mamas densas también habían representado un reto. Esa condición había dificultado la identificación de tumores mediante mastografía y se había relacionado con una mayor posibilidad de presentar la enfermedad.
Algunas alteraciones mamarias no cancerosas, como la hiperplasia ductal atípica o el carcinoma lobulillar in situ, se habían vinculado con un riesgo mayor. Las mujeres con antecedentes personales de cáncer de mama también habían tenido más posibilidades de recibir un segundo diagnóstico.
Entre los factores modificables, las autoridades sanitarias habían mencionado el sobrepeso u obesidad después de la menopausia, el consumo de alcohol, la falta de actividad física y ciertos tratamientos hormonales. Algunos anticonceptivos orales y terapias de remplazo hormonal con estrógeno y progesterona durante más de cinco años habían requerido valoración médica.
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El ISSSTE sostuvo que los tumores menores de 1 centímetro solo podían identificarse mediante una mastografía. Cuando el cáncer había alcanzado un tamaño mayor, en algunos casos ya podía palparse con los dedos.
Los tumores avanzados habían provocado cambios visibles o palpables. Entre ellos se habían encontrado deformidad de la mama, crecimiento anormal de la glándula, desviación del pezón, sangrado por esa zona y úlceras en la piel.
La detección en fases tempranas había abierto la posibilidad de retirar el tumor mediante cirugía. Los casos con lesiones mayores de 2 centímetros habían requerido tratamientos más agresivos y, en algunas ocasiones, cirugías mutilantes de una o ambas mamas.
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La mastografía había sido la única intervención que demostró disminuir la mortalidad por cáncer de mama, de acuerdo con el material del ISSSTE. Se había indicado para mujeres de 50 a 69 años, con una periodicidad mínima de cada dos años cuando los resultados fueran negativos.
Las mujeres de 40 a 49 años con factores de riesgo o indicación médica también podían requerir el estudio. La decisión debía tomarse con personal de salud, sobre todo si existían antecedentes familiares, mutaciones genéticas conocidas o cambios detectados en la exploración.
La autoexploración de las mamas se había recomendado una vez al mes a partir de los 25 años. No había sustituido la mastografía ni la valoración clínica, pero había servido para identificar cambios que ameritaran atención médica.
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La exploración clínica de mama se había recomendado una vez al año desde los 35 años. Ante un bulto, alteración en la forma de la mama, secreción o sangrado por el pezón, cambio en la piel o dolor persistente, la consulta médica no debía aplazarse.
Las personas con riesgo alto por antecedentes familiares o cambios hereditarios en BRCA1 y BRCA2 habían requerido hablar con un médico sobre medidas para reducir su riesgo. Entre las opciones se habían considerado medicamentos que bloquearan o disminuyeran el estrógeno, además de procedimientos quirúrgicos en casos seleccionados.