En 2023, en el Teatro Cervantes se estrenó Salvajada, texto de Mauricio Kartun, basado en el cuento “Juan Darién”, publicado en 1920 por Horacio Quiroga. El proyecto teatral fue un éxito de público y de premios: ACE, María Guerrero, Luisa Vehil, Javier Villafañe, Teatro del Mundo. En 2024, pasó del ámbito oficial al comercial e hizo una temporada en el Teatro Metropolitan. Ahora, va al Astros (Corrientes 746) los martes a las 20.
La calidad y la potencia de la propuesta se nutren de las palabras de Kartun, de la imaginería del director Luis Alberto Rivera López (quien condensa la experiencia de décadas junto al grupo Libertablas) y de las grandes actuaciones del elenco. Es protagonista Pablo Mariuzzi, para hacer un complejo personaje que evoluciona de niño a hombre y que tiene igualmente rasgos de ser humano y de tigre. Contrapunto de dulzura, sensibilidad y convicción, Valentina Bassi es la figura materna que cría a este ser rechazado por una sociedad cruel e ignorante. La cantidad de intérpretes, numerosa, parece aun mayor, porque se multiplica a través del uso de títeres, máscaras y objetos. Cómo nació este espectáculo y por qué regresa es materia de esta entrevista con Kartun y Bassi, para diario Perfil.
—Mauricio, ¿cómo es tu historia con Horacio Quiroga? ¿Cuándo comenzaste a leerlo y cómo llegaste a elegir este cuento para hacer una obra?
Esto no les gusta a los autoritarios
El ejercicio del periodismo profesional y crítico es un pilar fundamental de la democracia. Por eso molesta a quienes creen ser los dueños de la verdad.
Mauricio Kartun: Pasión a primera vista. Uno de esos recuerdos míticos de la infancia: leer Cuentos de la selva y de golpe sentirme grande, sentir que accedía en la lectura a un imaginario de adulto, capaz de atraparme. Hace unos años Tito Lorefice, a cargo entonces del grupo de titiriteros de la UNSAM, me propuso adaptar este cuento. Mientras me lo recordaba y contaba Tito, mi cabeza iba haciendo conversiones naturales a teatro. Mi comentario cuando terminó fue: “Tito, parece una de Kartun”. Acepté al toque. Fue una de las escrituras más rápidas que hice. Me había programado para un mes, y en tres días de escribir como zombi terminé el primer borrador con las canciones incluidas. Simbiosis pura.
—¿Cómo fue la transformación de narrativa a teatro?
M. K: Escribir teatro es pasar por el cuerpo a un relato. Encarnarlo, y hablarlo desde esa carne. Los cuerpos de esta obra, salvo algunos agregados, como el domador y los otros personajes del circo, son los del cuento. Pero sus diálogos, sus textos, son los que esa encarnación produjo. La rara organicidad de este fenómeno, raro fenómeno, que es escribir dramaturgia.
—¿Y cómo es la intervención del director y los cambios para esta versión en una sala más pequeña que el Cervantes?
M. K: En el Cervantes, propuse a Rivera López. Disfruto no solo de su estética, sino además, hay en su trabajo una posición sobre la profesión, y sobre el mundo, que me hermana. Entregué la versión y confié. La puesta fue un éxito en aquella sala y siguió llenando luego en el circuito de la calle Corrientes. El elenco tiene esa garra de teatro independiente, que además de lo artístico puede cargarse al hombro una producción.
Valentina Bassi: La sala del Cervantes es inmensa; el escenario es una cancha de fútbol. Tenía una infraestructura y maquinaria a lo gigante. Para el Metropolitan y el Astros, fuimos concentrando la puesta, sin perder la belleza. Cambió un montón. Para mí, los cambios son para bien. Luis Rivera López es un genio, con enorme audacia. Ahora la obra se volvió más íntima. Y entre patas, detrás de escena, es muy gracioso, porque los cambios los tenemos que hacer entre nosotros, en medio de la infraestructura, donde hay una jaula, bancos de aula...
—¿De qué modo esta dicotomía que atraviesa la Argentina, civilización y barbarie, está en esta historia?
M. K: Esa dialéctica [de civilización y barbarie] aparece manifiesta, sobre todo, en la amenaza final que hace Juan a la aldea. Crear al bárbaro por exclusión y vivir luego temiendo a la barbarie: la paradoja dolorosa de la historia americana.
V. B: Lo que pareciera ser el bárbaro, ese tigrecito, gracias a al amor de la madre y la magia de la naturaleza, se convierte en niño. Sigue siendo tigre, pero es puro amor y quiere aprender, hacer amigos e integrarse. La civilización, la institución –como suele decir Mauricio–, el poder, la escuela, la sociedad (por miedo, por prejuicio, por rechazo) hacen un desastre con quien es diferente. Entonces, la salvajada es la civilización. Y cuando ese niño-tigre se tenga que defender, se va a defender. Me parece re importante que esté esta obra en cartelera. Los diez actores hicimos malabares para poder hacerla, porque se resignifica un montón en momentos tan crueles como este.
—¿Cuánto hay en el protagonista de ser único, ser especial? ¿Qué le pasa al público con esa figura? ¿Y con quienes lo rechazan?
M. K: Es diferente. Y sufre el dolor de los diferentes: no poder integrarse. Lo intenta y lo rechazan. Es el diferente hasta que se reencuentra con los suyos. Creo que, en el mundo de hoy, en la Argentina de hoy, hay mucho Juan Darién. Mucho fierita apaleado. Mucho pibe empujado a su selva. Los cruzamos a diario y miramos para otro lado. Y solo nos fijamos en ellos, aterrorizados, cuando aparecen en Policiales del diario.
V. B: La identificación con el tigre les pasa a los espectadores, porque todos somos un poco Juan Darién, un poco tigresitos, más o menos domados o adaptados a seguir las normas y reglas. Y también somos esa sociedad con miedo. Somos las dos cosas. Se teme a lo que se desconoce, por eso es tan importante la información. La sociedad rechaza por prejuicios. [En la obra], la gente, los chicos en la escuela, sus madres hacen un linchamiento grupal del tigresito. Está bueno que te interpele: ¿cómo nos manejamos con el que es diferente? Hay que trabajar el bulling, la desidia.
—Dentro y/o fuera de la obra, ¿hay esperanza? ¿Cómo se posicionan ustedes frente a la expectativa de un mundo mejor?
M. K: La obra termina con la división de mundos. Y toma partido por uno de ellos. Habla de una lucha que continúa. En lo personal, soy optimista sobre el futuro: nuestro nunca bien ponderado optimismo zurdo. No creo que este mundo se transforme sin crisis, pero creo que, de las que vengan, saldremos más conscientes.
V. B: Si no tenés esperanza en que las cosas pueden cambiar, eso puede traer inmovilidad y comodidad: si las cosas no van a cambiar, entonces no hago nada. La injusticia me irrita mucho. El “siempre fue así” me indigna. Pienso que puede haber esperanza y trabajo para modificar lo que no me gusta, desde mi lugar, juntándome con gente. Podemos ser una sociedad más empática, aunque los cambios se hacen a lo largo de siglos.
—Valentina, en los últimos años te volviste una referente en la lucha por los derechos de las personas con discapacidad. ¿Siempre tuviste una voluntad combativa o es algo nuevo en vos?
V. B: Yo siempre fui así. Ya en el secundario, estaba metida hasta el hueso; fui presidente del centro de estudiantes; luego hice una revista con compañeros. Cuando vine a Buenos Aires [desde Trelew], me relacioné con las Madres y las Abuelas, un referente de luz, de cómo hay que luchar. Después, hicimos Teatro x la Identidad. Y al tener un hijo con discapacidad, seguí: primero con el cannabis; luego con el desastre que está haciendo este gobierno perverso, e inevitablemente se puso más mediática la cosa. Pero no veo una diferencia: es la forma que tengo de tomarme las cosas. Siempre me movilicé por las cosas que me conmueven. Es muy de actor eso: ni el teatro ni la vida existen si no metés el cuerpo.