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Al igual que sus predecesores, el gobierno de Trump ha tenido dificultades para lidiar con el exceso de capacidad industrial de China.

El presidente Donald Trump y el presidente de China, Xi Jinping, se reúnen en un momento en que China sigue inundando los mercados mundiales con productos baratos, a pesar de los esfuerzos del gobierno de Trump por reestructurar el sistema de comercio mundial con aranceles.

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Sigue sin estar claro cuánta presión ejercerá Trump sobre Xi, si es que ejerce alguna, durante su visita de Estado a Washington, para que frene la estrategia de China de usar subsidios gubernamentales para impulsar las exportaciones y estimular el crecimiento del país.

La estrategia de China de inundar los mercados mundiales con autos, paneles solares, minerales y otros bienes baratos ha frustrado desde hace mucho tiempo a las economías occidentales, incluido Estados Unidos, que han tenido dificultades para desarrollar sus propias industrias nacionales ante la competencia china.

El problema ha perseguido durante años a gobiernos demócratas y republicanos y fue uno de los principales factores que impulsaron los amplios aranceles que Trump ha impuesto a Pekín. Durante su primer mandato, los asesores de Trump presionaron a China para que se comprometiera a reestructurar su economía, aunque al final se conformaron con un acuerdo comercial mucho más modesto, que incluía compras de productos agrícolas y otros bienes, además de una mayor apertura de los mercados.

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Las exportaciones de China a Estados Unidos se han desacelerado significativamente debido a los aranceles de Trump. El comercio de bienes y servicios entre ambos países cayó un 25 por ciento el año pasado en comparación con el año anterior. Sin embargo, las exportaciones de China al mundo no han dejado de aumentar, y muchos economistas creen que las piezas y los productos chinos siguen fluyendo hacia Estados Unidos a través de otros países.

La prueba que Trump enfrenta ahora es si tendrá alguna influencia en el enfoque económico de Xi, algo que su gobierno no ha logrado alterar hasta ahora a pesar de los aranceles y de intentar movilizar una campaña de presión pública.

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“El problema es que no hay mucho que se pueda hacer al respecto”, dijo Jonas Nahm, profesor de la Escuela de Estudios Internacionales Avanzados de Johns Hopkins, quien fue economista especializado en estrategia industrial durante el gobierno de Biden. “Los aranceles están tratando el síntoma, pero no el problema de fondo: los desequilibrios están, por así decirlo, incorporados en la estructura de la economía china”.

A pesar del rechazo mundial por la avalancha de bienes chinos, sus exportaciones han seguido aumentando sin freno. Este año, el país va camino de superar el récord de 1,19 billones de dólares de superávit comercial del año pasado, mientras continúa vendiendo enormes cantidades de productos en todo el mundo.

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Al gobierno de Biden le preocupaba que China saturara los mercados mundiales con productos de energía verde económicos, como los paneles solares. La exsecretaria del Tesoro, Janet Yellen, advirtió que un segundo “choque chino” amenazaba con socavar lo que queda de la base industrial de Estados Unidos.

Para el gobierno de Trump, la preocupación se ha centrado más en las exportaciones chinas de acero, minerales y automóviles. El secretario del Tesoro, Scott Bessent, quien ha encabezado las negociaciones económicas con funcionarios chinos, ha sostenido que los estadounidenses no deben dejarse seducir por los productos chinos asequibles.

“El acceso a bienes baratos no es la esencia del sueño americano”, dijo Bessent en un discurso en el Club Económico de Nueva York el año pasado. En una entrevista con NBC, continuó su argumento afirmando que la prosperidad no es comprar “baratijas” de China.

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El gobierno de Trump parece creer que más aranceles son la solución, pero busca castigar a otros países más allá de China. El asesor comercial de la Casa Blanca, Peter Navarro, publicó un informe en agosto que acusaba a los exportadores chinos de enviar bienes hacia Estados Unidos a través de más de 40 países.

El gobierno de Trump ha amenazado con imponer aranceles globales a China, la Unión Europea, India y otros países que tienen superávits comerciales con Estados Unidos, citando un “exceso de capacidad y producción” en las fábricas extranjeras.

Los aranceles podrían aplicarse a más de 40 países y se sumarían a otros gravámenes que el gobierno ya ha emitido, incluidos aranceles de entre el 10 por ciento y el 12,5 por ciento que entraron en vigor en julio. Los aranceles por exceso de capacidad se dirigen a países extranjeros por una amplia gama de prácticas, desde los subsidios y la manipulación de divisas hasta la ausencia de leyes laborales.

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El gobierno de Trump argumenta que otros países han usado esas prácticas para desarrollar una capacidad de producción mayor de la que necesitan sus propios consumidores. Según funcionarios de Trump, esos países suelen exportar el excedente, lo que desalienta la producción y las nuevas inversiones en Estados Unidos y resulta en déficits comerciales. Muchos expertos en comercio creen que esta crítica se aplica a China, que subsidia fuertemente a sus industrias.

China produce muchos más autos, paneles solares, baterías, acero y minerales de los que necesitan sus propios consumidores. Pero los aranceles del gobierno estadounidense parecen estar a punto de aplicarse a muchos otros países, incluidos Suiza, Noruega, Camboya y México, algunos de los cuales han argumentado que son atacados injustamente. En un documento presentado al gobierno de Estados Unidos, Noruega alegó que su abundante producción de mariscos es el resultado de su extensa costa, la innovación tecnológica y la protección ambiental de sus pesquerías.

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Los aranceles que el gobierno de Trump termine imponiendo a China quizá ni siquiera sean tan altos.

El gobierno de Trump anunció un arancel del 12,5 por ciento sobre las exportaciones chinas el mes pasado. Personas familiarizadas con los planes afirman que Estados Unidos podría anunciar oficialmente un nivel arancelario más alto y luego suspender parte de él para mantener el nivel de aranceles que acordaron en su tregua. El miércoles, Bessent dijo que Estados Unidos y China extenderían su tregua comercial por dos meses adicionales, hasta enero.

Trump se ha abstenido de imponer más aranceles a China hasta después de sus reuniones con Xi.

“Creo que el gobierno decidió no hacer nada antes de la cumbre porque querían conservar su capacidad de presión para, posiblemente, aumentar los aranceles si los chinos no les dan lo que quieren”, dijo Evan S. Medeiros, profesor de la Universidad de Georgetown.

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Los críticos afirman que el gobierno de Trump debería estar trabajando con sus aliados para presionar a China a fin de que ajuste sus prácticas comerciales, en lugar de poner a Europa y Canadá en la mira.

Los aranceles estadounidenses sobre los productos chinos han empujado las exportaciones de Pekín hacia otros mercados, lo que exacerba las presiones para Europa, que está experimentando una “desindustrialización alarmantemente rápida”, dijo Mira Rapp-Hooper, investigadora invitada en la Institución Brookings.

La UE había establecido octubre como fecha límite para las negociaciones comerciales con los chinos sobre el tema, pero no parecía que estuvieran logrando muchos avances, dijo.

La estrategia exportadora de China ha agravado la carga de deuda del país y puesto bajo presión a su sistema bancario, pero el gobierno chino sigue creyendo que esos desafíos justifican la inversión en una base industrial sólida que ha fortalecido la influencia mundial de China. Los funcionarios chinos también rechazan la idea de que su destreza manufacturera sea un problema para el mundo.

Sin embargo, China está consciente de las ramificaciones políticas de su estrategia y ha recurrido a promesas de inversión para ayudar a mitigar las preocupaciones de que sus exportaciones están erosionando los empleos manufactureros en otros países. China ha incrementado las compras de soya estadounidense, y Trump ha sugerido que consideraría permitir a las empresas automotrices chinas fabricar automóviles en Estados Unidos.

“Entienden que los empleos son un problema importante y la forma en que pueden resolverlo es mediante la inversión”, dijo Mary Lovely, investigadora sénior en el Instituto Peterson, que se especializa en las cadenas de suministro mundiales y la relación económica entre China y Estados Unidos. “La forma preferida de China para resolverlo es con inversión en estos países”.

Alan Rappeport es reportero en materia de política económica radicado en Washington. Cubre el Departamento del Tesoro estadounidense y escribe sobre impuestos, comercio y asuntos fiscales.

Ana Swanson cubre comercio y economía internacional para el Times desde la corresponsalía en Washington. Ha sido periodista por más de una década.