Migrantes refugiados en una iglesia de Nador
“No harraga”, asegura un transeúnte, usando el término despectivo marroquí para los migrantes africanos que quieren cruzar a Europa. A unos 16 kilómetros por carretera de la frontera de Melilla, Nador, la principal ciudad del entorno con 158.000 habitantes, los migrantes subsaharianos no se dejan ver por sus calles. No se los ve, pero están. La iglesia católica de Santiago el Mayor está cerrada, pero en una sala anexa, una especie de cochera en penumbra, seis mujeres están aprendiendo a leer y escribir en francés esta mañana, una de ellas con un bebé a su lado. Las seis muestran un gesto asustado ante la presencia de la prensa. Prefieren no hablar y quienes las atienden tampoco quieren que lo hagan.
“Están en absoluto peligro. Una simple foto puede ponerlas en riesgo”, explica la religiosa francesa que hace de maestra, y que no quiere dar su nombre. Cuenta las condiciones en las que llegan algunos de los migrantes que pasan por el servicio diocesano y la atención que reciben. Curan a los heridos y acogen también a mujeres que han dado a luz o que están a punto de hacerlo en condiciones insalubres. Muchas de las mujeres han sufrido trata y requieren protección, señala la religiosa.
Santiago el Mayor no es ajeno al salto de más de 1.300 personas el día 30 de julio en Melilla. Este mes han asistido a 18 senegaleses que formaban parte de un grupo mayor y habían intentado alcanzar la frontera española. Las fuerzas marroquíes se lo impidieron. Algunos llegaron heridos y con hambre.
La mayoría de los migrantes a los que atienden viven con amigos en pequeños apartamentos del propio Nador que la religiosa califica de “totalmente insalubres y miserables”. Ya no quedan, según ella, personas viviendo en los bosques como los que durante años formaron parte del paisaje migratorio de los alrededores de Nador. “La policía no permite campamentos”, afirma.
La parroquia mantiene desde hace años un servicio de atención a migrantes que ofrece consulta médica, asistencia psicológica y social, alojamiento de urgencia y acompañamiento en trámites administrativos y solicitudes de asilo. También atiende a mujeres víctimas de abusos o de trata. Por allí pasan personas procedentes de distintos países del África subsahariana y también palestinos.
Fuera de esas dependencias, sin embargo, la presencia de migrantes resulta difícil de detectar. “Ahora hay menos”, dice Tafik, de 78 años, en un español impecable mientras toma un café con azúcar en el centro de Nador, antigua ciudad del Protectorado español. Estudió en la Escuela de Bellas Artes de Sevilla y siguió con preocupación lo ocurrido recientemente en Ceuta y Melilla. Ahora, asegura, “la cosa está bastante tranquila”.
La tranquilidad de Nador cambia en el trayecto a Beni Enzar. La carretera está jalonada por vehículos policiales y de las fuerzas de seguridad y hay controles con policías de paisano. Ya en Beni Enzar hoy no están los habituales niños vendiendo chicles a un dirham por la calle, con la valla española de fondo.