Guillermo Brown cimentó su prestigio en su talento por las victorias logradas casi siempre en inferioridad de condiciones

Guillermo Brown cimentó su prestigio en su talento por las victorias logradas casi siempre en inferioridad de condiciones

Luego del fusilamiento del gobernador Manuel Dorrego el 13 de diciembre de 1828, el almirante Guillermo Brown no quiso comprometerse en la lucha entre unitarios y federales y se dedicaba al cuidado de su chacra de una veintena de hectáreas cercana al río. Pero el bloqueo francés al Río de la Plata de marzo de 1838, cuando tenía ya 60 años a cuestas, lo volvió al ruedo.

Consiguió diversas victorias contra la escuadra enemiga, garantizando el tránsito de buques de bandera neutral. Fructuoso Rivera, presidente del Uruguay, con ambiciones de aumentar su influencia en el litoral argentino, en el Paraguay y en el sur del Brasil, y ante los reveses sufridos en el río, decidió darle el mando de la escuadra al italiano Giuseppe Garibaldi.

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Muerto el general Juan Lavalle, el 9 de octubre de 1841, la guerra se trasladó del norte al litoral.

Giuseppe Garibaldi en un retrato hecho veinte años después de haberse involucrado en las luchas en el Río de la Plata
Giuseppe Garibaldi en un retrato hecho veinte años después de haberse involucrado en las luchas en el Río de la Plata

El irlandés Brown, que había escrito páginas de gloria en la lucha contra el Brasil y que Rosas llamaba “Don Bruno”, se enfrentaría al italiano Garibaldi, quien había luchado contra el Imperio del Brasil en la llamada Revolución Riograndense y que se había radicado en Montevideo.

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Garibaldi había nacido en Niza en 1807. Involucrado en el movimiento secreto de la Joven Italia, fundado en 1831 y liderado por Giuseppe Mazzini, que buscaba la unificación de Italia, su cabeza tuvo precio y logró escapar a América. Primero se radicó en Río Grande do Sul, donde se involucró en movimientos revolucionarios y hacia 1841 en la capital oriental se ganaba la vida enseñando matemáticas.

Su primera misión era complicada: debería enfrentar a Brown, al mando de una escuadra compuesta por el Echagüe, Chacabuco, Argentina, Vigilante; el buque insignia era el Nueve de Julio.

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Juan Manuel de Rosas era el gobernador de Buenos Aires. Centró sus esfuerzos en contrarrestar el plan de Rivera de ampliar su influencia en el litoral argentino
Juan Manuel de Rosas era el gobernador de Buenos Aires. Centró sus esfuerzos en contrarrestar el plan de Rivera de ampliar su influencia en el litoral argentino

El combate que se venía sería tanto por agua como por tierra. Por de pronto, Garibaldi concentró su artillería en la dirección por la que vendría la escuadra federal, al mando de Brown, que iba a su encuentro con sus tres naves por el río Paraná.

El italiano conocía el prestigio del almirante, al que consideraba uno de los marinos más hábiles del mundo y una verdadera celebridad en América.

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La acción sería en un paraje conocido como Costa Brava, en el límite de Corrientes y Entre Ríos, cerca de la isla Curuzú Chalí. Años después, el italiano analizaría que ese hecho había sido el puntapié inicial del fracaso de su expedición.

Costa Brava
Pintura que recrea el combate de Costa Brava, donde el italiano terminó retirándose (argentina.gob.ar)

Según los especialistas militares, Garibaldi equivocaría su estrategia. A lo largo del Paraná, al ser hostilizado sin cesar y para asegurarse provisiones, asoló poblaciones ribereñas, que no hicieron más que alimentar la antipatía hacia el italiano.

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Con la idea de fustigar a los barcos que se le venían, Garibaldi mandó por tierra un destacamento al mando del mayor Pedro Rodríguez. Brown, viejo zorro, anticipándose a esta medida, envió una fuerza conducida por el mayor Rufino Montaña. Cuando se encontraron en el norte de la isla de Curuzú Chalí, los hombres de Montaña hicieron retroceder a los de Rodríguez.

Mientras tanto, por la falta de viento, la escuadra argentina avanzaba gracias a remolcadores y sirgadores.

Por la noche hubo un intercambio de disparos entre fusileros con infantería garibaldina. Brown le regalaría su espada al joven teniente Mariano Cordero por la fiereza con la que se batieron.

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Bartolomé Cordero
Bartolome Leónidas Cordero, en su ancianidad. Sus primeras armas las hizo junto a Guillermo Brown (Instituto Nacional Browniano)

El combate sería al mediodía del 15 de agosto de 1842.

Garibaldi fue el primero en abrir fuego y su artillería pareció sacar ventaja. Pero cuando Brown vio que los tenía a tiro de cañón, respondió el fuego contra los barcos que Garibaldi había dispuesto en un abanico defensivo. El almirante decidió concentrar el fuego en la nave insignia enemiga, aunque además dañó a los buques orientales Pereyra y Joven Esteban. Cuando la escasa luz del atardecer complicó la visibilidad, el duelo terminó.

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Garibaldi no sabía cómo salir de la trampa en la que estaba. Encima, algunos de sus hombres desertaron esa misma noche. Decidió organizar un ataque sorpresa sobre uno de los barcos de Brown, que estaba sobre la costa.

Pero la maniobra fue descubierta por un centinela y el disparo de una ráfaga de fusiles hacia la oscuridad hizo que el jefe de esa expedición, el comandante de la Pereyra, terminase con una bala en la cabeza. Los 50 atacantes se dispersaron.

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Garibaldi intentó otra medida: envió un buque incendiado hacia el corazón de la escuadra de Brown. El almirante no se desesperó. Hizo que en un bote con cuatro remeros llevasen baldes para apagar el fuego. El grumete Bartolomé Cordero, de apenas 12 años, abordó el barco y torció su rumbo. Al regresar, Brown lo abrazó: “Usted será con los años la gloria de la escuadra argentina. Lo que ha hecho en cumplimiento del deber es mucho para su edad; pero así se forman los hombres”. Cordero había ingresado a los 10 años a la armada como guardiamarina en el bergantín Manuel Belgrano, y había tenido su bautismo de fuego el 3 de agosto del año anterior. En 1890 sería el jefe del estado mayor de la armada.

Tiempo después, el bloqueo se agravó con la participación de Gran Bretaña. En 1845 sobrevendría el combate de la Vuelta de Obligado
Tiempo después, el bloqueo se agravó con la participación de Gran Bretaña. En 1845 sobrevendría el combate de la Vuelta de Obligado

Una hora después Garibaldi mandó hacia los barcos enemigos una barca con barriles de pólvora y alquitrán, pero no causó ningún daño. El propio Brown la abordó, las mechas se habían apagado solas y la llevó al amparo de una barranca.

Al amanecer del 16, se reanudó el intercambio de artillería, pero Garibaldi, quien ya no disponía de balas, usaba eslabones de cadenas y pedazos de hierro, los que no eran efectivos. Además, a Brown se le incorporaron más naves que habían quedado rezagadas.

Para al mediodía, la situación del italiano era desesperante. Sobre la cubierta de sus barcos, prácticamente destruidos, yacían muertos y muchos heridos, a los que decidió llevarlos a tierra, a sabiendas de que de un momento a otro Brown ordenaría un abordaje que sería fatal.

Para que no cayeran en poder del enemigo, Garibaldi hizo volar la corbeta Iberá y el bergantín Pereyra. Le sorprendió la magnitud de la explosión que hizo desaparecer a ambas embarcaciones, y supuso una tragedia adicional: muchos hombres, borrachos con aguardiente, no tuvieron tiempo para escapar cuando las mechas ya se habían encendido. Garibaldi ayudó a los que pudo pero otros desaparecieron con los barcos. En el lugar que ocupaban solo se veía agua y muchos pedazos cayeron estrepitosamente sobre la costa. Este hecho sería magnificado por la prensa rosista. El propio Garibaldi lo recordaría con amargura, consciente de que había abandonado a esos hombres.

Al ver que el barco enemigo Joven Esteban se estaba incendiando y se acercaba peligrosamente a la flota de Brown, este mandó a un par de hombres en un bote a que apagasen el fuego, mientras los tripulantes huían.

Garibaldi decidió retirarse. Los hombres de Brown propusieron perseguirlo, ya que su captura hubiese sido sencilla. “No, déjenlos que se escapen. Garibaldi es un valiente”.

En su parte a Rosas, el almirante contó que “la conducta de estos hombres, excelentísimo señor, ha sido más bien de piratas, pues que han saqueado y destruido cuanta casa o criatura caía en su poder, sin recordar que hay un Poder Supremo que todo lo ve y que tarde o temprano nos premia o castiga según nuestras acciones”.

Garibaldi pasó a Montevideo y continuó su lucha hasta que en 1848 regresó a Italia, donde sería protagonista de las luchas por la unificación italiana. Luego de la caída de Rosas el 3 de febrero de 1852, el viejo almirante se retiró a su casa frente al río, donde murió el 3 de marzo de 1857, luego de una vida dedicada a hacer la guerra en el río y en el mar.