25 de octubre, 2026 - 07h00

Nunca había visto tantos

atardeceres frente al mar

ni explorado tantas perspectivas para embriagarme más y mejor de cielo y sol. Descubrí maravillada

lo obvio: que ningún atardecer es igual a otro. Cambia la sinfonía, aunque se repitan las notas: naranja, violeta, escalas de azul, nubes que se encienden como brasas antes de entregarse a la oscuridad, gaviotas, barcos, las siluetas de la tierra, el espejo rugoso del mar. Cómo no ser feliz a orillas del Adriático, al pie de un pino, mientras las piedrecillas ronronean acariciadas por la espuma de mar. Tan hermosa es la región de Split en la actual Croacia que al jubilarse el emperador Diocleciano se hizo construir allí un espléndido palacio donde envejecer y morir en paz.

Pasaron los siglos, las viejas estructuras colapsaron, las religiones perseguidas persiguieron y con cada nuevo orden el palacio se fue transformando. Los cristianos vengaron su persecución tirando el cuerpo de Diocleciano al mar y enterrando en su mausoleo a un mártir; destruyeron todo rastro de paganismo y, ojo por ojo, diente por diente, erigieron catedrales para ese Jesús de la otra mejilla, la humildad y la pobreza. Edificado hace más de mil setecientos años como residencia imperial romana, el Palacio de Diocleciano en Split tuvo influencias bizantinas, croatas y húngaras; formó parte de la República de Venecia, el Imperio austríaco, las Provincias Ilirias napoleónicas, el Imperio austrohúngaro, Yugoslavia y, finalmente, la Croacia independiente.

Una vertiginosa historia que se narra por sí sola a quien pasea hoy por este palacio integrado en el fascinante centro histórico de la ciudad. Las puertas que un día lo fortificaron llevan siglos abiertas. El peristilo es

una plaza donde escuchar música

en vivo, beber vino, comer helados, extasiarse con la belleza de arcos,

columnas y callejas. Las capas del tiempo se yuxtaponen en este lugar que se ha salvado de congelarse y convertirse en museo. Así nos decía la ocurrida guía croata que nos contó cómo de niña se trepaba sobre la esfinge traída de Egipto por Diocleciano y cómo su abuela iba a conciertos de rock en el subsuelo del palacio y cómo hoy en día ya casi ningún lugareño vive en el centro histórico porque el turismo de lujo y masivo ha inflado escandalosamente los precios. Así como en Barcelona, París, Ámsterdam, Venecia, Budapest, Praga y un largo etcétera, también en Split los expatriados, los buitres inmobiliarios, los cruceros, los vuelos low-cost, los restaurantes y hoteles de lujo, los turistas de un día han destruido el equilibrio de la economía local.

Cómo no ser feliz en un lugar tan hermoso, pensaba yo con los ojos llenos de atardeceres. Pero bastaba ver a los habitantes de Split (como antes he visto otros lugares invadidos por turistas y expats) trabajando de sol a sol por sueldos que no dan para el alquiler ni para comer en un restaurante en el centro de su propia ciudad o adquirir los lujos de las boutiques, sin poder caminar por sus calles ni tenderse apaciblemente en la playa mientras hordas de turistas gastan fortunas que mágicamente se evaporan de la economía local y terminan muy lejos, siempre en las mismas manos. (O)