Muchas personas asocian el aprendizaje de la danza con un camino largo y exigente, en el que primero hay que dominar la técnica, trabajar la colocación corporal y perfeccionar los movimientos antes de poder disfrutar plenamente de una coreografía. Durante ese proceso, el placer de bailar puede quedar relegado a un segundo plano, a la espera de alcanzar el nivel necesario.
Pero, ¿es posible invertir ese orden y empezar a disfrutar desde la primera clase? Para Ana Vergés, directora de la escuela de danza que lleva el nombre de su madre, Menchu Duran, la respuesta es un rotundo sí. El centro, ubicado en Barcelona y con más de tres décadas de trayectoria, ha desarrollado un método propio que sitúa el disfrute en el punto de partida del aprendizaje, sin renunciar por ello a la técnica ni a la evolución del alumno.

La historia de la escuela es, en esencia, una historia familiar. “Todo empezó hace 30 años con mi madre. Ella dirigía su propio gimnasio femenino y, para tenernos a mi hermana y a mí ocupadas mientras trabajaba, contrató a una profesora de danza”, recuerda Ana. Aquella decisión fortuita marcó el destino de la familia: su hermana se convirtió en bailarina profesional y ella tomó las riendas del negocio para transformarlo en lo que en la actualidad es la escuela de danza.
El crecimiento y la buena acogida los llevaron a un punto de inflexión. “Con el tiempo sentimos la necesidad de explicar con claridad qué nos hacía diferentes”, asegura. La clave no estaba en la cantidad de disciplinas que ofrecían, sino en la calidad y el enfoque de las que dominaban: la danza moderna, en especial la danza jazz.
Nuestra propuesta no se basa en ofrecer muchas disciplinas, sino en especializarnos en las que dominamos
Ana Vergés
Directora de la escuela de danza Menchu Duran
Su filosofía es clara: “Es mejor hacer poco, pero hacerlo muy bien”. Decidieron centrarse en aquello que realmente dominaban: el jazz y otras disciplinas de danza moderna, en lugar de ampliar disciplinas sin un valor diferencial.
Esta diferenciación se materializa en el “Método de las Tres E” que han desarrollado en el centro: Estructura, Emoción y Evolución. El primer pilar, la estructura, es el más rompedor. “En la enseñanza tradicional, se dedica mucho tiempo a la colocación corporal y la técnica antes de poder bailar una coreografía. Nosotros lo hemos cambiado todo para que empiecen a bailar con pasos básicos desde el primer día”, detalla Vergés. Este enfoque busca que la experiencia de bailar sea divertida y accesible desde el inicio.

La segunda ‘E’ es la emoción, una consecuencia directa de la primera. Al sentirse capaces de bailar desde el principio, los alumnos ganan confianza y motivación. “Lo que pretendemos es que sientan que pueden hacerlo, que su autoestima crezca y que se emocionen con sus propios progresos”, subraya. Este refuerzo positivo es fundamental para que mantengan el interés y las ganas de perfeccionar su técnica.
Finalmente, llega la evolución. Según Ana, cuando un alumno está motivado y se siente capaz, interiorizar la técnica y progresar es mucho más rápido. “La estructura y la emoción nos permiten que el alumno evolucione a un ritmo mayor, porque siente que es fácil y divertido”, asegura. Este método se aplica a todas las edades, desde niños de cuatro años hasta adultos de más de setenta, adaptándose a las expectativas de cada uno.
Nuestros profesores son alumnos de la casa, entienden cómo tratar a cada persona porque ellos también lo han vivido
Ana Vergés
Directora de la escuela de danza Menchu Duran
El equipo docente es otro de los pilares del proyecto y la mayoría son antiguos alumnos que han estado en el centro diez o quince años. “Pasan por una formación interna para poder impartir nuestro método y empatizan al 100% con los alumnos de la casa, los entienden y saben cómo tratarlos porque ellos también lo han vivido”. De esta manera, se aseguran de que no sólo dominen la técnica, sino que también comprendan y transmitan la filosofía del centro y el trato cercano que les caracteriza.
Más allá de las clases regulares, que suelen ser de una o dos horas a la semana, la escuela ha construido una fuerte comunidad. Organizan campamentos de verano y tienen sus propias compañías de baile, grupos “VIP” para aquellos alumnos que quieren llevar su pasión un paso más allá y participar en campeonatos. “Estos grupos ensayan más, hacemos actividades especiales con ellos como cenas o pijamadas y generamos aún más comunidad. Es una forma de crear un sentimiento de pertenencia”, comenta Vergés.
Con más de tres décadas de trayectoria, la escuela Menchu Duran ha desarrollado un modelo docente que combina el aprendizaje técnico con el disfrute desde la primera clase.
Más allá de enseñar a bailar, su objetivo es que cada alumno descubra de lo que es capaz a través del movimiento, gane confianza y encuentre un espacio de desconexión y crecimiento personal. “Nuestro alumno viene principalmente a disfrutar, a desconectar, y nosotros le damos las herramientas para que lo consiga. Cuando una persona descubre que puede bailar, normalmente también descubre que es capaz de muchas más cosas”, concluye Ana Vergés.