Ramabai Ranveer tenía un problema concreto: su hija menor necesitaba libros y material escolar, y ella no tenía dinero para comprarlos. La situación era tan apremiante que la joven dejó de llamarla por teléfono durante ocho días. Entonces, esta viuda de 47 años de Maharashtra, India, tomó una decisión inesperada: anotarse en una carrera de 3 kilómetros cuyo premio era de USD 31. No solo compitió, sino que ganó, y lo hizo descalza.
La historia de la mujer circuló con rapidez por las redes sociales y los principales diarios indios. Para muchos, su hazaña personifica el sacrificio maternal y la determinación de quienes luchan por sacar a sus familias de la pobreza. Para otros, expone con crudeza las fallas de un sistema educativo que prometió movilidad social y entregó, en cambio, desempleo y frustración.
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Ramabai se enteró de la competencia gracias a su hija mayor, Pooja, de 22 años, quien la despertó temprano para contarle. “Me dijo que si ganaba el premio, le ayudaría con sus estudios”, relató Ramabai en declaraciones a la BBC desde su casa en Maharashtra.
La motivación era su hija menor, que vivía en otra ciudad y llevaba más de una semana sin comunicarse con ella por no poder costear sus libros universitarios.

Durante la carrera, las zapatillas comenzaron a resbalarse y la mujer tomó la única decisión posible: quitárselas, acomodarse el sari y seguir corriendo. Sin nada que la frenara, superó al resto de las participantes de su grupo etario —mujeres de entre 30 y 60 años— y cruzó la meta en primer lugar. Pooja, por su parte, quedó segunda en su categoría y se llevó un premio de USD 20.
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La madre quedó viuda en 2012 y desde entonces sostuvo el hogar con cualquier trabajo disponible: recolectó soja y garbanzos en campos ajenos, cosechó cúrcuma, la cocinó y la vendió. Abandonó la escuela a los 13 años, pero dejó en claro que ese no sería el destino de sus hijas. “Creo que mientras esté viva, debo hacer todo lo posible para darles una buena educación”, afirmó ante la BBC.
La repercusión de la historia superó las redes sociales. A comienzos de septiembre, el presidente del Tribunal Supremo de India, Surya Kant, ordenó al distrito que otorgara a la mujer una ayuda económica de USD 500. El gesto institucional fue interpretado por muchos como un reconocimiento tardío a una realidad que el Estado debería haber atendido mucho antes.
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Sukhadeo Thorat, quien presidió la Comisión de Subvenciones Universitarias, fue directo al analizar el caso. “Si una mujer se ve obligada a hacer todo lo posible por la educación de sus hijas, demuestra que los planes educativos del gobierno no se están implementando adecuadamente”, dijo a la BBC. Thorat advirtió que tanto el gobierno central como los estados administran numerosos programas educativos, pero su ejecución resulta deficiente.
El contexto en que emerge esta historia no es casual. Según un informe gubernamental reciente, solo el 8% de los graduados universitarios consigue empleo en el área en que se formó. La tasa de desempleo entre universitarios alcanza el 29,1%, nueve veces superior a la de quienes nunca pisaron una aula universitaria. Esas cifras alimentaron meses de protestas lideradas por la llamada Generación Z india.
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Las protestas estudiantiles que sacudieron India durante gran parte del año encontraron su punto de quiebre en mayo, cuando el examen de ingreso a la facultad de medicina más importante del país —el Examen Nacional de Elegibilidad y Admisión— fue cancelado tras una filtración de preguntas. Casi dos millones de estudiantes debieron repetir la prueba, lo que desató una ola de indignación sin precedentes.

Ese estallido potenció al satírico Partido Popular de la Cucaracha (CJP), que se transformó en un verdadero movimiento juvenil. Las multitudinarias marchas que organizó derivaron en la dimisión del ministro de Educación en julio. Desde entonces, la campaña amplió sus demandas: exige modernizar las escuelas públicas y terminar con la infraestructura deteriorada y las desigualdades entre zonas rurales y urbanas.
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Abhijeet Dipke, fundador del CJP, visitó una escuela cercana al distrito de Ramabai y describió condiciones alarmantes: sin baños para las alumnas y con alimentos vencidos en el comedor. “Los niños de las zonas rurales de la India deberían recibir, como mínimo, una educación digna”, declaró a la BBC.
Mientras tanto, Pooja se prepara para ingresar al cuerpo policial y su hermana Arati estudia para los exámenes de la función pública. La viuda, que trabaja como cocinera en la academia donde entrena su hija mayor, tiene un solo deseo: “No quiero que mis hijas pasen por las dificultades que yo afronté”.
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