0:000:00

El audio de esta noticia está generado mediante Inteligencia Artificial

C eniza. A la hora de la modorra, me entretengo con el horóscopo. El astrólogo se viene arriba con un vaticinio de aliento poético: “Los días corren como caballos sobre las colinas”. Pero más que a una reflexión sobre el paso vertiginoso del tiempo, que también, la frase me arrastra al sudoeste de Francia, hasta Biscarrosse, en las Landas, donde los equinos liberados de un centro ecuestre galopaban despavoridos entre el humo, bajo un cielo ensangrentado. Pienso también en los jabalíes que ahora hozan en los montes quemados de Ávila. Pienso en los nervios rotos por el miedo. En el avance nocturno del fuego, como una oruga maligna e incandescente. Pienso en las Gavarres. En La Vall d’Uixó. En los 14 muertos de Los Gallardos. En tantas casas y paisajes reducidos a hollín. En las 207.000 hectáreas abrasadas en España en lo que va de año. ¿Un pacto de Estado? Nada sobra, pero se antoja más urgente la política pequeña, palmo a palmo, para paliar la pérdida de cultura rural en un país de orografía endiablada y abundante masa forestal. Desbrozo, cortafuegos, sueldos justos para los bomberos.

 

 Andreu Esteban / Efe

 Ático. Andaba haciendo fortuna un chiste vitriólico acerca de las supuestas vistas desde el pisazo en Chamberí, desde la oficina con una terraza de 200 metros, por si se divisaba la sierra calcinada de Madrid desde las alturas, cuando el Gobierno de Ayuso, en un voleo espectacular de la pelota, anuncia que ha puesto en venta el inmueble con el fin de adscribir el be­neficio a la reconstrucción de lo que ha devorado el incendio. Cinismo decantado lentamente, como un licor oscuro que conserva en barrica el bouquet de la impu­nidad.

 Charla con mi padre. Le telefoneo a casa, llamada de inspección. ¿Bebes agua? Sí. ¿Tenéis puesto el aire acondicionado? También. En veranos anteriores intuía que me engañaban, fieles a esa austeridad inculcada en las generaciones más veteranas y por la fe en los remedios de siempre para mitigar la calorina: persianas bajadas, abanicos, la ingeniería de inventar corrientes de aire improbables entre ventanas estratégicas. Pero en esta canícula sin tregua parecen haber claudicado: “No recuerdo otro verano como este”, asegura mi padre, casi nonagenario. El otro día conversamos a cuenta de los noventa años del inicio de la Guerra Civil y la negrura que sobrevino. “Pasamos muchas penumbras”, dice. Es otra la palabra que ha querido rescatar de los cajones de la memoria, penurias, pero la equivocación brilla en su verdad pura.

Fuego, el avance de la IA y calentamiento: el futuro de la resistencia ya está aquí

 Reflexión. Una palabra desconocida al zurrón: albedo . Leo que designa la fracción de radiación solar incidente que una superficie refleja de vuelta hacia el espacio. Es decir, los tejados pintados de blanco, los casquetes polares o las nubes que cubren el mar rebotarían parte de esa energía. Tiene su gracia que también se llame albedo a la capa de piel blanca y esponjosa que tienen las frutas cítricas entre la cáscara y los gajos; no cuesta visualizar la pobre Tierra como una naranja machucada en el espacio. Los satélites demuestran que el albedo terrestre disminuye a marchas forzadas, en parte por la pérdida de superficies reflectantes, como el hielo y la nieve, y por los cambios en la nubosidad asociados al efecto invernadero. Da miedo. Habrá que hacer del planeta un lugar más reflexivo en ambas acepciones: la física y la mental.

 Charla con ChatGPT. Le pregunto cuántos litros de agua se traga por cada cuestión que se le plantea, y la máquina se pone chulita: “Yo no bebo agua”. Luego se lanza a perorar sobre la huella hídrica de la inteligencia artificial (IA) y sobre la necesidad de refrigerar los centros de datos, pero recalca que eso de un botellín por consulta no es una medida universal. Vale. Balones fuera y tendencia al sesgo.

 Elon Musk. En una entrevista en The Economist, el magnate asegura que los modelos más avanzados de la IA superarán pronto las capacidades cognitivas de los humanos e imagina incluso un mundo (¿al baño maría?) donde el dinero no hará falta: todo gratis. Entonces, ¿a qué tanta batalla?, ¿no le inquieta perder su inmenso patrimonio? Parece más bien que su relato tiende a sustentar un clima de inevitabilidad, de brazos caídos ante el empuje de las nuevas tecnologías, un desánimo fatalista que podría dejar las riendas en manos de los tecnooligarcas. El futuro es resistir.