Hubo un fin de semana en Althorp, a finales de 1977 o principios de 1978, en el que el grupo habitual de amigos de nuestras hermanas mayores vino a pasar unos días. Me di cuenta de que todos miraban y escuchaban a Diana de manera muy distinta a como lo hacían antes. Para ellos, «Duch» ya no era la hermana pequeña de la casa, a la que había que complacer y tolerar, sino una personalidad sumamente interesante por derecho propio. Hacía gala de una confianza renovada, sumada a un sentido del humor formidable, poco convencional, rápido y muy muy gracioso. Ahora Diana exigía ser tenida en cuenta por la fuerza de su personalidad. Era como si, liberada de las reprimendas constantes de los profesores por unas carencias académicas que nunca fueron culpa suya, de pronto —por primera vez— se hubiera encontrado a sí misma. ...