Por Héctor Soto10 OCTUBRE 2026
La misma historia. Borges pensaba que los escritores, al final de los finales, escribían un solo libro. Lo decía no tanto en términos literales sino más bien metafóricos. Varios años antes que él, sin embargo, Francis Scott Fitzgerald pensaba algo muy parecido, pero esta vez en un sentido más literal: “A los escritores, por lo general, no nos queda más remedio que repetirnos –escribe en uno de sus ensayos–. Esa es la verdad. Tenemos dos o tres experiencias extraordinarias o intensas en la vida; tan extraordinarias y tan intensas que, en el momento de vivirlas, nos parece imposible que nadie haya sentido nunca nuestro asombro ni nuestra fascinación, ni que haya sido golpeado y destruido y salvado e iluminado como nosotros. Entonces aprendemos el oficio, algunos mejor que otros, y contamos las mismas dos o tres historias –bajo disfraces distintos– diez veces, quizás cien, siempre y cuando la gente esté dispuesta a escucharnos”. Tal vez en mayor medida que el común de los escritores, Fitzgerald escribió siempre a partir de lo que le tocó conocer y de su propia experiencia. Su primera novela, A este lado del paraíso, es resueltamente autobiográfica. Los malditos y los bellos, la segunda, recupera sus años de seducción y felicidad. El gran Gatsby, gran radiografía del llamado “sueño americano”, habla de un sujeto acechado “por el polvo engañoso que flotaba en la estela de sus sueños”, tal como Fitzgerald lo estuvo. Suave es la noche escenifica en gran parte su traumática relación con Zelda Fitzgerald y El último magnate, obra inconclusa, recoge su derrumbe emocional y creativo, pero también el quimérico porvenir que fue a buscar a Hollywood, que fue donde murió de un infarto cardiaco a los 44 años.
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