El malestar con la descentralización es evidente y en buena medida justificado. La ineficiencia, la rotación permanente de funcionarios, la ausencia de un servicio civil y la corrupción han alimentado una corriente de opinión que propone, sin decirlo, recentralizar el país. Comparto el diagnóstico, y parcialmente la conclusión: dar un paso atrás sería renunciar al único arreglo institucional capaz de responder a un país cuya demanda de bienes públicos es profundamente heterogénea. Lo que necesitamos no es menos descentralización, sino una descentralización 2.0. Esto implica quizás dar un paso atrás en algunas competencias para luego descentralizar mejor. En unas elecciones regionales y locales próximas es un tema que no puede dejar de discutirse y muy poca gente la presta atención.
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